“El apóstol” de la buena imagen de Colombia

Nelson Anaya Columnista Invitado

Publicado en: nelsonanaya.wordpress.com



Pedro Medina, quien trajo McDonald´s a Colombia,  se levanta cada mañana de su cama hecha a base de raíces de café de más de veinte años de historia con cuatro desafíos: inspiración, innovación, transformación y alimentación. Revisa que no le falten en los bolsillos sus tarjetas personales, minipalomitas de plástico, miniladrillitos, clavos, balines, ganchos pequeños para colgar ropa (los parecidos a unas tenazas) y una serie de objetos pequeños. Escoge sus objetos parándose al frente de tres grandes baules: “hoy me voy a encontrar con tal persona y la voy a animar para que se aísle de las malas influencias entonces meto en mi bolsillo un pedazo de aislante”. A partir de estos símbolos él “engancha” a la gente con sus ideas, temas e historias de manera fácil y creativa,  pues estos tienen la facultad de ayudar a entender de manera más clara un concepto y permiten que se grave mucho más fácil en la mente de quien escucha. “Son anclas”, como dice él.


Es un hombre que, con el  contenido de lo que dice y su cautivante voz, genera en quien lo escucha una atracción inmediata. Además, posee una sencillez y un positivismo que se siente como ocupa un espacio en el momento y el sitio de la conversación. Medina es delgado, de estatura media, con calvicie producida por el paso del tiempo. Generalmente, usa camisa manga larga, corbata, traje entero, zapatos negros y un inseparable morral negro con ruedas donde carga todas sus herramientas de apoyo para las charlas. En su mano derecha, constantemente, usa una pulsera de shakiras (bolitas) pequeñas con los colores de la bandera colombiana y una pulsera hecha con un trozo de alambre de púas (con púas de caucho para no lastimarse). En su mano izquierda porta una pulsera de tela con el tricolor Colombiano, también, pero desteñida. Su coordinadora de mercadeo y redes, Isabel Cristina Güell, lo describe como un mentor empoderado, líder, profesional, muy puntual, que da herramientas y apoyo, que exige compromiso y lealtad. Como  amigo lo detalla como una persona transparente, que le da la mano a cualquiera sin tener en cuenta raza, edad, sexo, género o estrato. De joven, Pedro Medina, estudió en la Academia Militar de Sanford, Florida (EE.UU.) y vendió libros puerta a puerta en Luisiana, Arkansas, Oklahoma, California y Washington, durante siete veranos, desde los dieciocho hasta los veinticinco años de edad.

McDonald´s en Colombia por primera vez
Los estudios en relaciones internacionales, economía, historia y un MBA[1], le permitieron a Medina adquirir una muy buena experiencia gerencial en compañías como: Propilco, Sofasa y Mobil. Pedro, con la convergencia entre estudios y experiencias como empresario, logro que lo escogieran como uno de los tres mejores profesores de la Universidad del Rosario, también fue docente  de estrategia y desarrollo empresarial en la Universidad de los Andes y CESA. Actualmente, es educador e investigador en marketing de la Universidad Sergio Arboleda. Da charlas sobre cómo posicionarse y mercadearse a los estudiantes, y a los profesores les enseña cómo mantener a los estudiantes “enganchados”.


En la Universidad de Virginia, donde realizó sus estudios, a los veintidós años, Pedro conoció al presidente de la asociación de exalumnos de la misma Universidad, Jim Bradshaw. Este señor le preguntó un día: “¿Qué sueña usted estar haciendo a los treinta y cinco años?” Pedro no tenía idea. “El hecho de que el tipo me haya preguntado eso, me motivó  a pellizcarme el trasero. Me fui a las montañas de la universidad con un galón de agua, un esfero y un cuaderno, me dije: no bajo hasta que tenga los sueños claros y escritos”. Él escribe en una hoja: casarse a los treinta y dos años, tener hijos a los treinta y cuatro y manejar una empresa a los treinta y cinco años, donde pudiera tener contacto constante con el público y donde pudiese hacer una inferencia positiva sobre mucha gente.


Después de un tiempo, a los treinta y cuatro años recibió una llamada del señor Bradshaw, quien con el tiempo se había vuelto un mentor para Medina, con la que le notificó que se había reunido con la persona quien maneja McDonald´s en Filipinas. Le cuenta que la multinacional  quería abrir su sede en Colombia. “Apenas el tipo me contó eso yo dije: eso es para mí”. Jim sólo le dio un nombre y un teléfono: Juan Carlos Díaz y el número de teléfono de la oficina de McDonald´s en Boca Ratón, Florida (EE.UU.).

- Good morning, McDonald´s­ -contesta una mujer.

- ¿Con quién hablo? -contesta él en inglés.

- Margarita- responde la mujer

- Margarita, habla usted con Pedro Medina, le estoy llamando desde Colombia y estoy buscando a Juan Carlos Díaz. ¿Él está?

-Explica él.

- No él no está –responde ella.

- ¿Y cuando regresa? –insiste él.

-No sé, está viajando mucho, pero yo le digo que usted llamó, deme sus datos -asegura ella.
Le dio los datos y le dice: “Margarita… si él no me ha llamado en dos semanas. ¿Hay algún problema si lo vuelvo a llamar?”. Ella le contesta que no. Jua Carlos Díaz no llama en las dos semanas. Pedro insiste durante meses, sin repuesta alguna, y pide en cada llamada a Margarita permiso para ser persistente. Díaz nunca estaba y tampoco devolvía la llamada. Un día, Medina vuelve a llamar:

- Good morning, McDonald­´s –contesta la misma mujer, pero esta vez con voz triste.

- ¿Con quién hablo? -pregunta él sin reconocer la voz.

- Margarita –responde ella con voz “apagada”.

- ¿Margarita qué le pasa? No suena como usted –interviene Pedro con voz alentadora.

- Unos de esos días –dice ella después de un suspiro.

- Usted suena como si pudiera tomarse una de esas buenas tazas de café colombiano –comenta él animándola.

- Eso sería delicioso –manifiesta ella relajándose un poco.


Inmediatamente, Pedro sale de la oficina, va al supermercado y compra una bolsa de café Sello Rojo -en esa época no había Juan Valdez-, luego va a la oficina de DHL y envía su regalo. El regalo le cuesta ochenta y dos mil pesos aproximadamente; dos mil la bolsa de café y cuarenta dólares el envío. En la llamada siguiente Margarita le contesta como un niño al que el papá le da dinero para dulces: “hola, esa es la cosa más bonita que han hecho por mí en mi vida”. A pesar de eso las llamadas seguían sin la respuesta de Juan Carlos Díaz, sin embargo hubo un pequeño cambio. En las siguientes llamadas él ya no le decía: “habla con Pedro” sino “Margarita este es su proveedor amigable de café colombiano” y ella contestaba exaltada y feliz “¡Pedro!”. Un día él llama, después de generar más confianza, y le dice que ha llamado dieciseis veces y nunca está el señor Díaz, con lo cual no ha podido hablar con él. “Por favor, ¿Dígame que debo hacer?” Margarita le dice bajando la voz como cuando dos niños en alianza comparten su travesura: “hagamos una cosa, pero no le cuente a nadie. Él llega mañana a la oficina a las siete en punto de la mañana y entra a reunión a las siete y quince; si usted llama mañana a las siete en punto yo le paso la llamada”. Y ese fue el comienzo de McDonald´s en Colombia.


“Después yo me enteré que detrás de esto estaba el hermano de Gaviria (expresidente Cesar Gaviria), el hermano de Pastrana (expresidente Andrés Pastrana). Mucha gente estaba detrás de McDonald´s; pero lo logre yo. No porque era el que más plata tenia, yo la verdad no tenía mucha plata. No era el que más influencia tenía, yo la verdad no tenía tanta influencia. No era el que tenía la experiencia más rica del mundo, tenía una buena experiencia, obviamente, una experiencia gerencial bonita, pero seguramente había gente con mejor experiencia que yo. ¿Qué tenía yo? ¡Ganas… maestro!” comenta Pedro con mucho orgullo.
Medina duró dos años tratando de finalizar la sociedad con McDonald´s y en 1994 logró concretar el anhelado negocio e hizo un bachelor[2]  en la Universidad de la Hamburguesa en Chicago. En julio 14 del 1995, abrió su primer restaurante McDonald´s en el centro comercial Andino.  Lideró McDonald’s durante siete años y se convirtió en el mayor empleador de estudiantes universitarios de la época en Colombia. En el 2001, la revista Dinero lo reconoce como uno de los veinte empresarios del año y la Cámara de Comercio Colombo Americana como Colombiano Ejemplar. Además, en septiembre del 2004, el ex presidente de Colombia Álvaro Uribe y el periódico El Colombiano lo reconocen como Colombiano Ejemplar en la categoría de Economía y Negocios.

Del éxito económico al éxito personal
En 1999, en una clase Pedro pregunta en el salón “¿quiénes de ustedes se ven en Colombia en cinco años?” Solamente doce de treinta y nueve estudiantes alzaron la mano. Medina, sorprendido y frustrado, decide tratar de venderles Colombia a sus estudiantes, pero no fue capaz: “les dije: El… café, y… las esmeraldas, y… los dos mares, y… las flores. No se me ocurrió más nada y un profesor sin argumentos no sirve de mucho”.  Pedro Medina sale fallido del salón, pero de esa frustración le nace una reflexión: “no vendemos lo nuestro porque no lo sabemos vender, porque no lo conocemos, porque siempre nos han mostrado lo malo. Y siempre hemos pensado que todo lo foráneo, que todo lo extranjero es mejor”.


Medina con un grupo de gente gestiona un proyecto de investigación en dieciocho meses en cinco universidades. De ahí nace la charla: Yo Creo En Colombia. Empieza a dar la charla y esta con el tiempo se crece como una bola de nieve. En el primer año, en ocho meses, liderando la multinacional y con tres juntas directivas, dio esa charla doscientas ochenta y seis veces, había días en que la daba  cinco o seis veces. A los dos años, toma la decisión de retirarse del mundo corporativo, se toma un año sabático en Harvard, en Estados Unidos[3] para estudiar, pensar y para investigar cómo se construye autoestima sana en una nación, cómo lograr el capital social y cómo se logra que la gente construya redes de relaciones. “Ese libre intercambio, de ideas, de información, de apoyo, de recurso, de poder, que se da cuando hay confianza y reciprocidad”, comenta Pedro.


De esa pequeña frustración, surge una de las más grandes ideas sobre la pasión por Colombia producida por un colombiano. Con mil cuatrocientas personas alrededor del mundo trabajando para construir confianza en los colombianos, crea la Fundación Yo Creo En Colombia. Se convierte en la organización privada líder en Colombia y modelo en América Latina en construcción de confianza, inspirando a los colombianos a conocer, construir y creer en su país.


El sitio donde está ubicada la ‘Fundación Yo Creo En Colombia’ es un lugar sencillo, sin obstáculos físicos que garantiza una buena comunicación entre los empleados. Allí Medina tiene como oficina un salón de clases: una mesa redonda, cuatro sillas, un tablero acrílico, marcadores, borradores,  una caja con sus infaltables objetos- símbolos. Hay un mueble con muchos cajones llenos de revistas, periódicos, fotos; toda clase de escritos y papeles en los que aparece los logros de Yo creo en Colombia, y  la vez le sirven para argumentar. También, tiene una decoración en la pared con los premios, condecoraciones, reconocimientos y algunos de sus diplomas. En el baño hay avisos como de letras grandes que dicen: “El tamaño si importa. Créalo” y debajo, en el mismo aviso, en letras pequeñas dice: “El área total de Colombia es el equivalente a España, Portugal y Francia juntos”. Otro que dice: “En Colombia nos crece más rápido que los chilenos. Créalo” y más abajo, ahí mismo, dice: “Gracias a las riquezas de nuestra tierra, un árbol en Colombia crece tres veces más rápido que en un país como Chile”.


-¿Has tenido gente importante en esta oficina? –se le preguntó

-Claro que sí. Toda la gente es importante para mí – contesta Pedro, con seguridad.


En ese lugar, con diseño para catalizar y educar, Pedro ha brindado asesorías desde una exseñorita Colombia que no sabe qué hacer después de su reinado hasta un emprendedor que apenas termina sus estudios. Desde el alcalde de Ocaña, Yebrail Haddad, hasta una persona con problema de timidez. Desde el expresidente de Confecámaras, Eugenio Marulanda, hasta un estudiante universitario. Desde el director general del colegio Abraham Maslow de Bogotá, Alfonso Caicedo, hasta un reinsertado. Desde el director de desarrollo económico de la ciudad Brownsville en Texas, Estados Unidos hasta un presidente de una empresa quien ha sido sacado de su posición.

En su oficina está una estudiante universitaria buscando información para un trabajo sobre McDonald’s, Pedro le da toda la información necesaria como un padre explicando las tareas a su hijo. A la media hora sale la joven. En menos de veinte minutos llega un joven que trabaja como vendedor para una empresa. Pedro lo recibe con un cariñoso y cordial saludo. El inexperto le pide asesoría para poder llegar a clientes y venderle su servicio y producto, pues dice que no sabe cautivarlos y que le recomendaron hablar con Pedro Medina.

-¿A qué cliente te gustaría venderle lo que tú haces o lo que tienes? -pregunta Pedro.

-Pues… a cualquiera -contesta el joven, con sonrisa.

-No, tú debes tener ya, bien claro tus clientes objetivos y… – concluye Medina con tono de maestro.

-Bueno… El Corral por ejemplo –interrumpe el muchacho, con nervios.

- Ok. ¿Qué pasa si estas en un ascensor con el gerente de El Corral y sabes que sólo tienes cuarenta y cinco segundos que son de vida o muerte para un logro empresarial significativo? -cuestiona Medina, escribiendo en el tablero.

- Pues le diría… hola, ¿cómo esta? Es que yo quiero que nos sentemos a hablar de una serie de cosas que pueden ser para nuestro mutuo beneficio.- comenta el joven, como si estuviera a punto de actuar en una obra de teatro y amarillo de los nervios.

- ¿Mutuo acuerdo? A ese señor lo que le interesa es ganar y eso es lo que hay que mostrarle para “engancharlo”. Él sabe que si tú le estás ofreciendo algo es porque tú también quieres ganar, por obvias razones. Empieza a buscar, que es lo que diferencia a tu empresa de las demás y ofrécelo. Tienes que hacerte preguntas. -explica Pedro, con voz y tono de persuasión.
En la asesoría, se puede ver como Medina orientaba como si le pagaran, sacaba libros, contaba anécdotas, escribía en el tablero, se paraba, se sentaba, hacia lo imposible por dejar una huella en aquel joven novato y, quizás, futuro empresario. Después del discurso, el joven, mostrando un semblante de menos preocupación, se fue con ideas más claras.


El museo de la paz

“Cuando entras con las cosas que ves y haces lo que te gusta, sientes cómo converge positivamente el idealismo sin dejar atrás lo económico”, me dice Pedro en la sala del “museo de la paz” como le llama a su hogar. Es un apartamento que, a primera vista, te das cuenta como confluye lo nuevo con lo viejo, lo natural con lo artificial, los libros de historia con los libros de economía, lo utópico con lo real. Cosas, aparentemente, insólitas e irrelevantes, pero a la vez cautivadoras y atractivas que crean una dicotomía para quien vista este lugar. En “el museo de la paz”, antes de entrar, Pedro te hace dejar en un tapete de rayas con colores vivos ubicado en la entrada, “toda la mala vibra, todas las niñas que no te lo han dado, todos los profesores que te han hecho torsión testicular, todos los trancones, todos los cachacos mamones que te has encontrado; todo lo negativo hay que dejarlo ahí”.

Su apartamento es, literalmente, un museo convertido en hogar, un programa de “Discovery Channel” sobre Colombia: en la sala contra una pared hay una puerta y una ventana de una casa antigua de la carrera séptima con calle tercera de Bogotá.  Hay plantas de todas partes de Colombia. Pedazos de ramas y raíces de árboles colombianos. Un aparato musical llamado el salterio, el cual lo ve a los veinte años y lo compra a los cuarenta. Diferentes objetos curiosos que utilizan todas las culturas colombianas. Sólo tiene un “televisor” de plastilina que le regaló su hija. Una “Inoteca”, y dos baños, como él llama a su mezcla de inodoro y biblioteca: con marcadores para anotar en la pared de baldosas las frases que se le ocurran y varios libros para leer. En la sala, también, tienen libros y revistas, estos tienen unas etiquetas de colores en páginas de su interés para, además, tener argumentos cuando enseña en su casa. Tiene Juguetes, máscaras y aparaticos.


Todo lo que tiene en su casa –además de las cosas básicas del hogar, como por ejemplo: te dice que los medios nos enseñaron a echar crema dental a todo el cepillo porque eso hace que los dientes queden más limpios. Es mentira, la clave está en la calidad del cepillado- son objetos que utiliza como instrumentos que hacen de la metáfora y el símil su herramienta de enseñanza principal y a la vez le ayudan a recordar su discurso. Es un “escenario” pedagógicamente encantador, con lombrices como mascotas porque ayudan con el desperdicio, jabones a base de jaboncillo. Cuando se termina el indispensable “tour”, quien lo escucha, acaba convencido de que Colombia es el mejor país del mundo.

[1]
Master of Business Administration (Maestría en Administración de Negocios)
[2] Título o grado universitario que se obtiene en algunos países, especialmente los anglosajones, tras tres o cuatro años de estudio.
[3] En el país gringo, fue Fellow en el Centro de Asuntos Internacionales de Harvard donde investigó metodologías para construir capital social en Colombia.  Actualmente es Fellow en el Batten Institute de la Universidad de Virginia donde desarrolla formas innovadoras de enseñar emprendimiento.
[4] Jaboncillo es un árbol que cuya fruta al madurar y su jugo espeso se usa como jabón liquido natural.